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La Comarca

Chasna-Isora, cuna de tradiciones

La comarca de Chasna-Isora cubre el sur y el oeste de la isla de Tenerife, un territorio de sorprendentes contrastes e historias por descubrir en una de las zonas geológicas más antiguas de la isla. El territorio que conforma la comarca ofrece un sorprendente catálogo del riquísimo patrimonio tangible e intangible, cultural y natural de Tenerife. La isla con dos declaraciones de la Unesco como Patrimonio de la Humanidad, junto a una Reserva de la Biosfera y la presencia del Parque Nacional del Teide, el pico más alto emergido del Atlántico, que corona a los nueve municipios que conforman la Asociación Comarcal Chasna-Isora formada por nueve ayuntamientos (Adeje, Arico, Arona, Fasnia, Granadilla de Abona, Guía de Isora, San Miguel de Abona, Santiago del Teide, Vilaflor de Chasna); unidos para impulsar el desarrollo socioeconómico de las medianías del sur de Tenerife.

En las Islas Canarias, las medianías es el territorio comprendido entre los 600 y los 1.500 metros de altitud sobre el nivel del mar. Se caracterizan por un clima más templado y húmedo que enriquece los suelos que en estas zonas son por lo general profundos, arcillosos y ricos en materias orgánicas, aptos para el crecimiento de numerosas especies vegetales y el desarrollo de la agricultura. En las medianías de Chasna-Isora, el pinar hace su aparición a partir de los 600 metros, mientras que, en la vertiente norte, más húmeda, lo hace a partir de los 1000 metros. Es el pinar el símbolo botánico de esta comarca, con extraordinarios ejemplares a la cabeza de los árboles de mayor tamaño de España.

Esta franja del territorio que discurre entre la cumbre y la costa es la cuna de una riqueza cultural, histórica, etnográfica, religiosa extraordinaria. En torno a su rico patrimonio se desarrolla una gran variedad de actividades y una creciente oferta de centros de interpretación, museos y tradiciones que ponen de manifiesto la calidad ambiental del territorio nacido del volcán, con una naturaleza única en la que cada barranco o montículo es una invitación a vivir la naturaleza como los primeros pobladores y su sorprendente cultura, cuyas huellas quedan en los grabados o en las sepulturas donde guardaban sus momias. Un pueblo, el guanche, que hizo de esta comarca su hogar, dejando para sus descendientes los caminos reales, su técnica alfarera, el gofio.

Un territorio que reunía condiciones para una mayor productividad agrícola tras la conquista, con la creación de infraestructuras para la captación, almacenamiento y distribución del agua, necesaria para los nuevos cultivos traídos por los colonizadores que los importaron del Nuevo Mundo.

Durante varios siglos, se consolidó una sociedad ligada a la agricultura, transformando el paisaje para crear un mosaico de tierras en las que las hortalizas, las papas, los viñedos y los frutales crecían al ritmo de su población, junto a tradiciones y ritos colectivos relacionados con las estaciones, el trabajo, o el culto religioso a diferentes santos y vírgenes, cuyos templos son muestra de la sobriedad del isleño, capaz de integrar en el paisaje los sencillos pero bellos inmuebles.

La tierra, dura y arisca, hizo al isleño laborioso, tenaz e ingenioso. Aprendió a removerla, a transportarla y a cultivarla; convirtió en huertas feraces los campos calcinados, para transformarlos en fértiles vegas con el agua de sus entrañas que brota en acequias, canales, fuentes, aljibes, lavaderos… Y la laboriosidad engendró otra condición: la sobriedad.

La sobriedad contrasta con la magnitud del paisaje, con su vertiginoso perfil de cumbre a costa, frente a un horizonte que abarca la isla de La Gomera y el Océano Atlántico, la gran ventana al mundo sin otra parada que el continente americano, donde está el corazón de numerosas personas de la comarca que retornaron con sus décimas y puntos que germinaron en encuentros de verseadores. O el reconocimiento de los latinoamericanos hacia figuras como el Santo Hermano Pedro, cuya labor benefactora se mezcla con el amor a la naturaleza, en su isla y en los países de la otra orilla atlántica.

La emigración canaria al Nuevo Mundo empezó desde el primer viaje de Colón, comenzando un intercambio humano de enormes proporciones y consecuencias. Y entre las plantas llevadas figuró, además de cepas de viña, plátanos, ñames, aloe y la que había de servir de inicial fundamento económico a la vida del nuevo continente: la caña de azúcar.

Los canarios tuvieron un gran protagonismo en ese tránsito atlántico y tomaron parte en la fundación de muchas ciudades americanas como, por ejemplo, la ciudad de Montevideo. El rasgo fundamental de la emigración canaria, sobre todo la de los siglos XVIII y XIX, canalizada principalmente hacia Cuba y Venezuela, fue en todo tiempo la calidad humana de sus elementos.

Por ello, esta comarca mira hacia el horizonte con añoranza y emoción, ya que parte del alma del isleño está en la naturaleza de su aislamiento, de su terruño, pero también en la odisea americana de muchas generaciones, tal como puede comprobarse en muchos de los edificios y las actividades o productos que se pueden encontrar en estas medianías.

La gran variedad de Bienes de Interés Cultural que existen en los pueblos de la comarca, junto a los espacios naturales protegidos, o los eventos periódicos que muestran la variedad de elementos etnográficos, el espíritu festivo y hospitalario, o los singulares productos agropecuarios de km 0, con una calidad y características que los hacen únicos para el paladar del visitante.

Conocer la comarca de Chasna-Isora no es un reto, ni una competición, es una oportunidad para la vida, para vivir intensamente con todos los sentidos y disfrutar de las emociones que puede producir la vista de un paisaje o un edificio, un pino gigante o los impresionantes acantilados que se precipitan sobre el Atlántico en un atardecer con infinidad de tonalidades que mutan ante nuestros ojos.

También es el aroma de la resina del pinar, de las flores que adornan las viviendas y los jardines, del gofio recién tostado, olores que quedarán para siempre en el recuerdo. Otra sensación inolvidable es el tacto de la losa de barro, con su sabiduría de siglos aplicada a la tierra volcánica y al agua de los manantiales que beben de las nieves derretidas en el Teide. Sin olvidar el gusto de las frutas, las carnes, los mojos o los sabrosos potajes, regados con vinos de variedades de uva únicas cultivadas en diferentes alturas con tonalidades y matices de sabor distintos. Y escuchar el silencio en cada promontorio, esa ausencia de ruido que sólo se altera por la música de la brisa entre los pinos, o esas voces que recitan punto cubano o cantan isas y folías en los encuentros parranderos de una población cuyo idioma es la música, la lengua que hace famoso al canario en el mundo.

El reto de la comarca es que las medianías puedan rescatar y divulgar su gran patrimonio, gracias a la potencialidad de un turismo que ha transformado el litoral con una oferta de gran calidad, atraído también por los encantos naturales de las medianías y las cumbres de la isla.