Un rincón empedrado del barrio de Arguayo destaca como si se tratara de un viaje al pasado, a las actividades tradicionales de una población que convertía las uvas en uno de los productos más apreciados en Europa y América, con el nombre de “Vino Canarias”.
En la memoria de los mayores se encuentran las vendimias que acababan en los llamativos lagares que las manos sabias de canteros, carpinteros, maestros de obra y el ojo de los viticultores habían construido. Con su inconfundible gran viga de tea de pino canario que servía para prensar la uva y obtener el vino. Estas obras de ingeniería han ido desapareciendo por la irrupción de los procesos de maceración en las modernas bodegas, en grandes recipientes metálicos. Pero algunos de los lagares han podido ser salvados y se muestran orgullosos como hitos del pasado, tal como sucede en el pueblo de Arguayo, donde se ha reconstruido un antiguo lagar, cerca del Parque de las Eras, en un recinto acondicionado en piedra volcánica para su exposición pública en un pequeño parque con bancos que sirven para descansar y viajar al pasado, aunque antiguamente estuvo el lagar estuvo ubicado en éste mismo lugar, rescatando las piezas que habían sido retiradas tras desmontar la estructura. El lagar es de madera y nos permite conocer las distintas piezas y la mecánica para producir el vino.
De ahí la lista de palabras que ya apenas se recuerdan como el Husillo y las Vírgenes traseras y delanteras, la Tina, la piedra de contrapeso y la Concha, la Biquera, la Tina tallada en madera, el Pasador, la Palanca y la Piedra.





