Este santuario es el vestigio del más antiguo establecimiento religioso instituido dentro de los lugares del territorio de Abona y, por tanto, de todo el Sureste de la isla de Tenerife.
En los escritos se informa que antes incluso de la construcción de la primera ermita a principios de los años de 1500, ya había dado lugar la aparición de una imagen en la playa de Abona, posiblemente, aquella de Nuestra Señora de la Luz o de Tajo, la cual había sido conservada por los últimos nativos guanches en las cuevas del entorno, de forma similar a como hicieron con la Virgen de Candelaria. De hecho, ambas se relacionan con el hallazgo de candelas y restos o goterones de cera en las playas próximas a sus santuarios y a lo largo del camino litoral que se utilizaba para la conocida y mística procesión de los ángeles que se realizaba en muchedumbre bajo la nocturnidad.
El mejor emplazamiento para levantar la antigua ermita debía ser la zona elevada de La Punta, ya que de forma natural se aseguraba su visibilidad (tanto desde tierra como desde el mar), además de la perseguida “grandiosidad divina” de su construcción. Textos antiguos indican que ya para el año de 1514, había dos peones y una mula trabajando en ella, al tiempo que indican que por la época, se efectuaron en el lugar, algunos enterramientos de antiguos aborígenes procedentes de Icor.
La historia de este templo está cargada de numerosas anécdotas y acontecimientos, además de la eterna necesidad de superar los embates de la brisa marina, lo que fue condicionando su evolución y los trabajos de ampliación como edificio y emblema religioso.
La verdadera historia de las imágenes más tradicionales aparecidas por estos alrededores, parece tener lagunas según los escritos. Parece que es a partir de los años de 1700 que se empieza a hablar de la celebración de las fiestas de la Sagrada Virgen de Las Mercedes, cuya imagen fue despojada del Niño y fragmentada en numerosos trozos tras el asalto de piratas argelinos en 1741. Ésta fue recompuesta por los lugareños y, aún llena de cicatrices, colocada nuevamente en su altar.
A partir de este suceso, y debido a su avanzado estado de ruina, a lo largo del s. XVIII se realiza una gran reforma del edificio, al igual que se adquieren reliquias de gran calidad, convirtiéndose ésta en uno de los santuarios más lujosos del Sur.
En 1835 sufre un gran incendio que hace desaparecer a la antigua imagen, por lo que se adquiere a la actual que, desde su colocación, despertó gran devoción entre sus vecinos.
Fue ya a mitades del s. XX que se produjeron algunas de sus últimas reformas y ampliaciones, como el añadido de las dos pequeñas naves laterales.

