Las obras de este sencillo y humilde templo se remontan al año 1768, siendo levantado en el centro del antiguo Casco histórico de Arico Nuevo de manos de sus nobles habitantes; Martínez de la Peña afirma que su modesta edificación se debió a la coincidencia con la fabricación de sus propias viviendas y con las obras que por aquel entonces también se estaban realizando en la parroquia de San Juan Bautista (Lomo de Arico), a la cual también debían hacer frente.
Desde el año 1895 y hasta las décadas de mediados del s. XX, el templo original sufrió una serie de ampliaciones, al tiempo que su población también experimentaba cierto crecimiento.
Fue en 1929 que por Decreto de fray Alvino González, se erigió como parroquia de Nuestra Señora de la Luz, desgajándose finalmente como filial de la de San Juan Bautista.
En la actualidad, llama la atención por su singular sencillez, las simples líneas de su fachada, su techo en forma ondulada y su espadaña polibulada hecha en cantería y con dos campanas.
Sin embargo, su pieza de mayor valor histórico y artístico se encuentra en el interior. Se trata de la primitiva imagen de Nuestra Señora de la Luz de los Abrigos de Abona (o la Candelaria de Abona), más conocida hoy como Virgen de Tajo. Su imagen fue realizada en vestimenta dorada, portando una manzana en su mano izquierda, mientras sostiene al niño con su derecha.
Su talla procede del gótico tardío de principios del s. XVI, constituyéndose como una de las piezas artísticas más antiguas de todo el Sur de Tenerife. De hecho, hay autores que defienden incluso, su veneración por los guanches en la denominada Cueva de la Virgen o Iglesia de Los Guanches (El Porís), antes de la conquista. Lo que sí parece ser cierto es que desde que apareció en la costa por el lugar de La Punta, ésta recibió veneración desde un primer momento.
“Otra imagen dicen haber aparecido en la playa de Abona, de alto poco más que un palmo, que la llaman Nuestra Señora de Tajo” (Fray Alonso de Espinosa, “Historia de Nuestra Señora de Candelaria”, s. XVI).
Se cuenta que en la playa de Abona (La Punta), se divisaban lumbres encendidas y se escuchaba música celestial, cuando marchaban en procesión para venerar a la Virgen, lo que solía dejar curiosamente, restos de cera por los alrededores.

